Acciones para reducir el riesgo I

¿Sabías que conceptos como bolsa de valores, sociedad anónima o aseguradoras, en el sentido moderno que les damos hoy, ya existían hace más de cuatro siglos? Y en formas más primitivas, me atrevería a decir que desde que el mundo es mundo.

En 1602 se fundó en Ámsterdam la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales (VOC), considerada la primera sociedad anónima moderna. Emitía acciones al público para financiar expediciones comerciales, que podían ser revendidas en la primera bolsa formal de valores.

Se utilizaban florines (gulden) como moneda y ya existían seguros marítimos que ofrecían indemnizaciones en caso de pérdida del barco o la carga.

Uno de los escenarios que acabaron dando origen a la bolsa fue la organización de expediciones al Nuevo Continente desde Holanda en el siglo XVII.

Preparar una expedición comercial requería mucho dinero. Fletar un barco es caro y para aprovechar el viaje, hay que llenarlo al máximo de su capacidad de las mercancías que más dinero den y que menos volumen y peso tengan.

La travesía es larga, puede haber como mínimo averías, retrasos, escalas inesperadas…

Y como riesgos un poco más importantes, asaltos de piratas que roben la mercancía o secuestren el barco, tormentas que provoquen un naufragio…

Hoy toca navegar además de transurfear

Imagina que eres un emprendedor holandés en pleno siglo XVII.

Estás en Ámsterdam y tienes un plan: organizar una expedición comercial al Nuevo Mundo. La oportunidad es clara. Si todo va bien, puedes ganar mucho dinero.

Pero hay un problema: no tienes el capital necesario para arrancar.

El viaje cuesta 1000 florines entre el barco, los salarios de la tripulación, el equipo, las provisiones y los permisos portuarios. Tras completar el recorrido esperas obtener unos 1600 florines. Buena oportunidad, sin duda.

Pero como no dispones de esos 1000 florines iniciales, buscas socios. Como es demasiado pedirle a uno solo, decides dividir el riesgo.

Emites 200 títulos a 5 florines cada uno, con la promesa de que:

  • Si el viaje es exitoso, lo recomprarás por 7 florines en concepto de intereses.
  • Si el viaje falla, pagarás 3 florines.

En pocas semanas, el público de Ámsterdam compra los títulos. Ya tienes los 1000 florines.

Zarpas.

Después de un viaje exitoso, traes de vuelta mercancías valiosas. Ingresas 1600 florines.

Devuelves los 1000 florines prestados y pagas 400 más en intereses: cada título que vendiste por 5 ahora lo recompras por 7.

Ganancias limpias, 200 florines.

Pero ¿y si el barco se hunde?

Los inversores no van a estar contentos. Así que tomas precauciones.

Por 100 florines contratas un seguro:

  • Si hay naufragio, te indemnizan con 600 florines. Así al menos podrás pagar lo que prometiste a los accionistas y salvar tu reputación para negocios futuros.

Esa es la estrategia de una buena empresa, que busca obtener ganancias gestionando los riesgos.

¿Pero cómo se ha reducido el riesgo?


En realidad el riesgo sigue siendo exactamente el mismo, pero lo hemos repartido entre los accionistas y la aseguradora. En lugar de asumir tú todas las pérdidas, los accionistas van a asumir una parte y la aseguradora otra.

¿Qué sentido tiene lo que hace la aseguradora?


Ellos toman riesgos controlados como forma de negocio.

Te han cobrado 100 florines por asegurarte el viaje. Esos florines ya los tienen.

Pero perderán 500 si fallan (600 que te dan menos 100 que les diste).

El truco es que no te aseguran a ti sino a muchos mercantes. Lo que la aseguradora necesita para que su negocio funcione es que como mucho se hunda 1 de cada 6 barcos.

Mientras ese promedio se cumpla, se podrán mantener como negocio.

En resumen

Como emprendedor, no puedes eliminar el riesgo, pero sí puedes repartirlo de forma inteligente.

Convenciendo a otros de unirse a tu viaje, estás creando una red que te protege.

Y si las cosas salen bien, todos ganan.

Si salen mal, al menos no te hundes solo. Así se construyen los grandes negocios: compartiendo visión, pero también el vértigo.